Una carta del Maestro

Mi nombre es Sanango.

Nací en los Andes centrales del Perú, a 3.249 metros sobre el nivel del mar. La inmensidad, el silencio y la presencia de aquellas montañas han acompañado mi vida mucho más de lo que podría explicar.

Con los años comprendí que aquello que me atraía no era únicamente la naturaleza, sino la posibilidad de escuchar.

Escuchar a la tierra. Escuchar a las personas. Escuchar aquello que permanece oculto bajo el ruido constante de la mente.

El camino a la selva

Mucho tiempo después encontré mi camino en la Amazonía y en el trabajo con las Plantas Maestras. No llegué buscando convertirme en chamán ni siguiendo una idea romántica o mágica sobre la selva.

Llegué porque estaba buscando comprender. Comprenderme a mí mismo. Comprender el sufrimiento humano. Comprender por qué algunas personas logran transformarse y otras permanecen atrapadas durante años en los mismos conflictos.

Fue allí donde encontré un conocimiento antiguo que continúa acompañándome hasta hoy.

Más de tres décadas

Desde entonces he dedicado gran parte de mi vida al estudio y la práctica de la sanación. He acompañado a personas de distintos lugares del mundo que llegaron buscando ayuda para la depresión, las adicciones, el trauma, la ansiedad, el sufrimiento emocional o una profunda necesidad de encontrar sentido y dirección en sus vidas.

Durante esos años aprendí algo que transformó completamente mi manera de entender la medicina.

Las plantas no trabajan solas. Y el curandero tampoco.

La medicina ocurre en la relación entre la persona que busca ayuda, la planta, la naturaleza, el proceso y quien tiene la responsabilidad de sostenerlo.

El acompañamiento — la medicina ocurre en la relación.

Sin promesas milagrosas

Por esa razón nunca me han interesado las promesas milagrosas ni las transformaciones instantáneas. Una ceremonia puede abrir una puerta. Una visión puede revelar algo importante. Pero una vida se transforma a través del tiempo, la comprensión, la disciplina, el amor y el trabajo cotidiano.

La tradición amazónica me enseñó que una planta es mucho más que un brebaje. Para trabajar con ella no basta conocer sus propiedades físicas. Hay que aprender a escucharla. Comprender su naturaleza. Su carácter. La forma en que dialoga con cada persona.

Ese conocimiento no nace de los libros. Nace de la observación. Del silencio. De los años. De la experiencia directa. Y de la humildad de reconocer que la naturaleza siempre tiene algo más que enseñarnos.

Gratitud y apertura

He tenido maestros humanos y les guardo profunda gratitud. Pero también he aprendido de la selva, de las plantas, de mis errores, de mis pacientes y de las innumerables preguntas que siguen sin respuesta.

Quizá por eso nunca me he sentido completamente identificado con una escuela, una religión o una ideología. Respeto profundamente las tradiciones auténticas. Respeto también la ciencia y los conocimientos desarrollados por la humanidad. Pero he aprendido a desconfiar de cualquier sistema que pretenda poseer la verdad completa.

La realidad es demasiado vasta para quedar encerrada dentro de una sola visión del mundo.

Mi trabajo intenta mantenerse abierto a esa amplitud. La medicina amazónica. La ciencia védica. La observación de la naturaleza. La observación de la consciencia. La experiencia humana. Todas tienen algo que enseñar cuando son abordadas con honestidad, paciencia y profundidad.

A menudo me preguntan

¿qué es exactamente un curandero? 

Mi respuesta es sencilla:

Un curandero es alguien que estudia la vida. Que estudia el sufrimiento. Que estudia la naturaleza. Que estudia a las personas. Y que nunca deja de estudiarse a sí mismo.

Por qué nació Sinchi Runa

No creo que todas las personas necesiten trabajar con Plantas Maestras. Tampoco creo que exista una única respuesta para el sufrimiento humano.

Pero sí creo que la naturaleza conserva conocimientos que nuestra cultura moderna ha olvidado y que, cuando son utilizados con respeto, preparación y responsabilidad, pueden convertirse en una medicina extraordinaria.

Esa es una de las razones por las que nació Sinchi Runa. No como un lugar para escapar de la vida. Sino como un espacio donde las personas puedan detenerse por un tiempo, observar con honestidad lo que está ocurriendo en su interior y encontrar una forma más verdadera de relacionarse consigo mismas, con los demás y con la naturaleza.

Después de todos estos años, si alguien me preguntara qué he aprendido de las plantas, probablemente respondería algo muy sencillo.

Que sanar no consiste en convertirse en otra persona.

Consiste en recordar quién eres.

Y aprender a vivir de acuerdo con esa verdad.

SanangoMaestro · Sinchi Runa